04 Apr
04Apr

El golpe que acabó con el gobierno de Florencio Harmodio Arosemena

En 1931, en plena depresión económica, los jóvenes agrupados en la hermandad de ‘Acción Comunal’ se organizaron para derrocar a un régimen que consideraban inapropiado para los intereses del país.

Pa…. paaaa paaaa! ¡Ta ta ta ta ta ta tata!

‘¡Adelante… adelante!’…

‘Ríndanse o volamos la Presidencia’….

Amenazas, gritos y sonidos de disparos provenientes del Palacio de las Garzas sorprendieron el plácido sueño de los residentes de la ciudad de Panamá la madrugada del 2 de enero de 1931.

Aun confundidos por la insólita irrupción al descanso tras un largo día de fiesta, los residentes de las calles 4ta hasta la 7ta del Casco Viejo de la ciudad se iban incorporando y asomando a los balcones y ventanas de los caserones de dos y tres pisos, en ropas de dormir.

Aquellos que lograban vencer el susto y la somnolencia inicial intentaron llamar a amigos o familiares, pero pronto se percataron de que las líneas telefónicas estaban cortadas.

¿Qué estaba pasando?

‘¡Nen! ¡Ahí va Nen!… ¡Nen!’, gritó una mujer que seguía atentamente los movimientos de la calle, al reconocer a su vecino entre quienes corrían, pistola en mano, hacia la presidencia.

Acciòn Comunal había planeado durante varios meses derrocar al presidente Florencio Arosemena para llamar a elecciones libres y convocar a una constituyente.

‘En nombre de Acción Comunal, le exijo su renuncia’.

Así, pistola en mano, se dirigió el doctor Arnulfo Arias Madrid al Jefe del Ejecutivo panameño, al encontrarse con éste frente a frente en una de las habitaciones de la mansión presidencial, a las 4 de la mañana del 2 de enero de 1931.

Tras largas horas de asedio, en las que no faltaron ni las ráfagas de ametralladoras, ni los disparos de pistola y rifle, ni las víctimas (8 muertos y 15 heridos), los ‘hermanos’ de Acción Comunal lograban penetrar la sede de gobierno y arrinconar a sus ocupantes.

‘Yo fui electo por el pueblo panameño y nada me moverá de aquí. Prefiero morir antes que renunciar’, respondería el presidente de la República, electo en 1928, Florencio Harmodio Arosemena, con toda la dignidad que le era posible, y sin dejarse amedrentar por sus opositores en medio de aquella agotadora jornada.

‘A LAS TRES DE LA TARDE, REUNIDO CON EL PRESIDENTE AROSEMENA, EL MAGISTRADO VALDÉS LE PEDÍA OTRA VEZ MÁS QUE RENUNCIARA.

Ante la firme respuesta del todavía mandatario, los líderes insurrectos, Arias, Ramón Mora y José Manuel ‘Nen’ Quirós decidieron dejar el salón, no sin advertirle que ‘estaba preso’.

TRIUNFO DE LOS GOLPISTAS

No había duda de que habían triunfado. El fuego había cesado y, dueños de la situación, los ‘hermanos’ circulaban por el palacio, izaban banderas, se asomaban a los balcones y dormitaban en los sofás.

Afuera, sus hombres patrullaban las calles armados, apoyados por el general Manuel Quintero.

En el Cuartel Central de la Policía, detrás de los barrotes, yacían el hasta ayer gobernador de la provincia, Archibaldo Boyd, y Ricardo Arango, jefe de la policía.

El único lamento era no haber podido atrapar al verdadero blanco de la operación, el expresidente Rodolfo Chiari, ‘el poder detrás del trono’, quien permanecía escondido, igual que los designados (vicepresidentes), Tomas Duque y Carlos López.

LA CIUDAD

Más allá de los muros del palacio, los primeros rayos del sol caían débiles sobre la ciudad y el pueblo se despertaba a la nueva realidad; muchos celebraban la caída del odiado régimen, que en tiempo de incertidumbre económica, se encontraba en el más completo desprestigio, como resultado de las prácticas corruptas y el favoritismo más descarado.

Por el momento, no obstante, reinaba la incertidumbre. Las tiendas estaban cerradas y no había servicio de autobús.

De Colón, llegaban rumores de que el gobernador Mario Galindo, fiel a Arosemena, había enviado a un grupo de policías y civiles armados hacia la ciudad. Poco después se sabría que las autoridades de la Zona del Canal no les habían permitido el paso.

ACCIÓN COMUNAL SE MANIFIESTA

En un comunicado emitido desde la Presidencia, el jefe del movimiento, José Manuel Quirós, emitía un comunicado anunciando la ‘reivindicación’ de los derechos ciudadanos.

‘El país estaba cansado de las gestiones personalistas de sus gobernantes’ y aspiraba a ‘una nueva orientación basada en un verdadero gobierno republicano’.

El informe también anunciaba los planes de formar una junta provisional de gobierno, llamar a elecciones y crear una asamblea constituyente para reorganizar el país políticamente.

Solo faltaba la renuncia de Florencio Harmodio Arosemena, quien tenía que ceder tarde o temprano.

RENUNCIO O NO RENUNCIO

Durante las primeras horas del día, la mansión ejecutiva era un hervidero.

Por las puertas de hierro de la Calle 6ta, fuertemente custodiada, entraban y salían algunos de los hombres más poderosos del país: el ministro de Estados Unidos (embajador), Roy Davis; los magistrados de la Corte Suprema de Justicia; políticos y funcionarios como Domingo Diaz, Harmodio Arias, Pancho Arias, Jeptha Duncan, JJ Vallarino, Julio Fábrega. Todos tenían algo que decir.

El tiempo corría, bajo la advertencia de que se debía llegar a una solución negociada antes de las cinco de la tarde -si no, el ministro Davis enviaría a las fuerzas militares de la Zona del Canal a poner orden-.

‘Esto se va a arreglar de acuerdo con la Constitución Nacional’, anunció el magistrado Héctor Valdés, desestimando las aspiraciones de Acción Comunal. .

Estos tuvieron que ceder. Aunque apoyados coyunturalmente por algunos caballeros de influencia, carecían de fuerza política.

La Corte decidió prescindir de los primeros designados, Tomás Duque y Carlos López, invocando el artículo 67 de la Constitución de 1903, vigente.

Correspondía entonces el sillón presidencial al primer designado del gobierno anterior, el embajador de Panamá en Estados Unidos, Ricardo J. Alfaro, una figura apreciada, y de prestigio indiscutible.

Por el momento, hacía falta notificar a Alfaro y en caso de aceptar este, esperar su traslado al istmo, por lo que debía nombrarse también a un presidente provisional.

Acción Comunal propuso a Harmodio Arias, un respetado doctor en leyes y diputado. Este no formaba parte de la hermandad y no había participado del los planes del golpe, pero sí estaba al tanto del mismo y, en su momento, había prometido usar su prestigio para ayudarlos a salir del atolladero si fuera necesario.

El magistrado Valdés objetó. Harmodio Arias era hermano de uno de los golpistas, Arnulfo Arias, de manera que incluir su nombre en el gobierno daría a entender que estos habían ‘vencido’.

Aireado, Arias señaló que no le interesaba el puesto: ‘No lo había querido en tiempos de paz menos ahora en tiempo de guerra’, dijo, y propuso al magistrado Miguel Angel Grimaldo.

ULTIMATUM

Con el plan acordado, los magistrados se dirigieron nuevamente al presidente.

A las tres de la tarde, Valdés le pedía una vez más que renunciara al cargo.

‘He pensado en ello, pero no encuentro motivo alguno para hacerlo’, respondió Arosemena.

Valdés, cansado ya de su testarudez, le advirtió: ‘Recuerde, Florencio, que ya usted está derrocado’.

A esto, Arosemena replicó:

‘Si estoy derrocado, ¿a qué puesto debo renunciar’?

‘Usted no entiende… su vida está en peligro’.

‘Por mí no se preocupe’, retaría otra vez el mandatario, a lo que el magistrado le haría ver que no se trataba solo de él, sino de su esposa Hersilia y sus dos hijas que todavía se encontraban en la mansión ejecutiva, en momentos en que reinaba una gran excitación nerviosa.

El presidente estaba conciente de ello.

El mismo había rogado a su esposa que abandonara la mansión y se dirigiera a la casa de algún amigo, pero ella le había respondido : ‘Tenemos 30 años de casados y me quedo contigo hasta el final’. Al borde de la crisis nerviosa, pero dispuesta a respaldar a su marido hasta el fin, la señora Hersilia tomó la figura de uno santo que mantenía en sus habitaciones del tercer alto, y bajó con él en brazos hasta colocarlo en el descanso de las escaleras de calle 5ta. Entonces, fue a atender a los heridos y a repartir medallas religiosas entre los combatientes.

El presidente finalmente aceptó el plan propuesto por la Corte. Pero todavía presentaba condiciones.

Su amigo y fiel ministro, Daniel Ballén, quien poniéndose en peligro había acudido a la presidencia para ayudarlo a combatir a los golpistas, debía ser nombrado magistrado de la Corte.

Además, no nombraría a Miguel Angel Grimaldo como ministro. Este gozaba de todo su respeto, pero era un magistrado en funciones y como tal, no resultaría apropiado.

Bajo estas condiciones, nuevamente salió a relucir el nombre del doctor Harmodio Arias.

A Arosemena, esta opción le gustó menos. No era su amigo. No lo quería como sucesor.

Valdés se desesperaba. El tiempo apremiaba. Debía tomarse una decisión y en aquel momento Arias era el único capaz de mantener el control de la dificil situación.

Finalmente, a las 4:30 de la tarde, el presidente nombró a Arias ministro de Gobierno en reemplazo de Daniel Ballén.

El consejo de Gabinete lo aceptó y eligió como jefe provisional del gobierno.

A esa misma hora, con la cabeza baja, el presidente salía del Palacio de las Garzas con su esposa y sus hijas Zelma y Walli. Una de las niñas llevaba un cofrecito. Los padres, dos maletas. Les seguían, Domingo Díaz y Enrique Linares.

Mientras la ‘primera familia’ abandonaba para siempre la que había sido su vivienda durante dos años y medio, los hermanos de Acción Comunal hacían guardia de honor.

En el auto, los esperaba Tomás Jácome, gerente de la United Fruit y cónsul de Costa Rica, para trasladarlos al Hotel Tívoli, en la Zona del Canal.

Florencio Arosemena pasaría sus últimos años en Estados Unidos, resentido. Siempre estuvo consciente de la corrupción reinante en el país, pero se sentía incapaz de detenerla.

Su gobierno tuvo varios aciertos, tal vez el mayor de ellos la creación de la Contraloría General de la República.

A lo largo de las décadas siguientes, los ‘muchachos de Acción Comunal’ serían ensalzados y criticados por las sucesivas generaciones de panameños, llamados ya golpistas, ya patriotas.

Lo que no cabe duda es que pese a la ruptura del orden constitucional, el derrocamiento del presidente Arosemena pondría fin a la crisis moral y la desconfianza imperantes, y dotaría al país de dos de sus presidentes más brillantes y honorables que haya tenido el país, los doctores Ricardo J. Alfaro y Harmodio Arias, quienes, durante su mandato, renovarían la fe de los panameños en su gobierno.

Comentarios
* No se publicará la dirección de correo electrónico en el sitio web.
ESTE SITIO FUE CONSTRUIDO USANDO