19 Dec
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Un silencio de 29 años

El 22 de diciembre de 1989, en el tercer día de la invasión estadounidense, los helicópteros artillados atacaron Colón. Su blanco era Manuel Antonio Noriega, pero los verdaderos afectados fueron familias como las de Luisa Corpas. Un misil entró en su departamento, horadando su cráneo y la paz de su hogar


En la tarde del 22 de diciembre de 1989, en el tercer día de la Operación Causa Justa, un helicóptero de las fuerzas armadas de Estados Unidos disparó sus misiles contra el ‘15 pisos', edificio que fue concebido como una solución horizontal de vivienda en la ciudad de Colón.

Los misiles, lanzados en respuesta a los disparos que provenían del último piso, impactaron el edificio 4050. Era el hogar de la señora Dionisia Meneses Castrellón Salas, quien, de acuerdo con el informe No.121/18 de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, se encontraba en la cocina al momento de la explosión. Sus piernas quedaron destrozadas, al igual que sus intestinos. Fallecería en su residencia, producto de un ‘politraumatismo'.

LAS CIFRAS DE UNA INVASIÓN

En los ataques participaron unidades del Ejército, la Marina y los Marines de EE.UU.

18 MIL

Civiles quedaron sin hogar, siendo afectados el barrio El Chorrillo y otras áreas en Panamá y Colón.

5 MIL

individuos fueron detenidos arbitrariamente e interrogados en campamentos para prisioneros de guerra, sin notificar a sus familias.

11 MIL

Soldados adicionales fueron desplegados por el presidente George Bush. Se sumaron a los 13 mil que estaban acantonados en las bases militares.

Dentro del informe, su caso aparece como el número 1. El caso número dos corresponde a la familia Lee Corpas, quienes residían en uno de los apartamentos del edificio ‘Salti', que quedaba en las proximidades del ‘15 pisos', específicamente entre las calles 4 y 5, en la Avenida Bolívar. Era el hogar de Eleuterio Lee, Luisa Alicia Corpas y sus cuatro hijos: Yuvisol, Eleuterio, Jonny e Isaac Lee Corpas, con 6,5,4 años y un mes y 10 días, respectivamente.

El inmueble fue alcanzado por otro de los misiles disparados por el helicóptero. ‘Sentí que Dios armaba el rompecabezas de mi mente', cuenta Luisa, que después de ser desplazada por el impacto del misil cayó encima de sus dos hijos. En esa época la joven madre tenía apenas 23 años.

Recibió heridas en todo el cuerpo: en su pecho, piernas y codo. No podía caminar, pero aún así se las arregló para arrastrarse y tomar a su hijo Isaac, de tan solo un mes y 10 días. Alguien le preguntó si su bebé estaba muerto. ‘No lo sé', respondió ella. La palidez de su carita la asustaba.

Cuando finalmente ella y su esposo lograron abrir la puerta del apartamento y salieron a las escaleras, Luisa sintió el calor que provenía del apartamento del lado, que ardía en llamas. Por su parte, Eleuterio Lee subía y bajaba los escalones, a pesar de las lesiones en sus pies.

‘Mamá, ¿quién nos hace esto?, preguntó su hija Yuvisol, quien tuvo heridas múltiples por fragmentos de misil en su cuerpo. Uno de ellos entró en su ojo izquierdo haciéndole perder la visión.

Las esquirlas alcanzaron a su hermano Eleuterio hijo, provocándole una hemorragia intracraneal y una afectación en su normal desarrollo. Los otros dos hijos de la pareja, Jonny e Isaac, sufrieron lesiones en la cabeza y en el abdomen y quemaduras en varias partes del cuerpo, respectivamente.

Luisa recuerda cuando su esposo le quitó al bebé, juntó al resto de sus hijos y los subió a un automóvil que les prestó el vecino. Eleuterio los llevó al Hospital Manuel Amador Guerrero.

Por su parte, a Luisa la sentaron sobre el motor de un montacargas. La gente a su alrededor comenzó a preocuparse por su estado, dado que no parecía verse afectada por el calor que desprendía el vehículo.

EL PESO DEL TRAUMA

Guindada del montacargas, Luisa atravesó tres calles y cuatro avenidas, hasta llegar al local de la Cruz Roja, donde recibió los primeros auxilios. Posteriormente, una ambulancia la condujo hasta el Hospital Manuel Amador Guerrero. En el nocosomio se encontró con sus familiares, quienes al principio no la reconocieron.

A principios de 1990, Luisa se encontró con el general Marc Cisneros y le suplicó que ayudara a su familia. El jefe del Comando Sur dio la orden de que ella, Eleuterio hijo y Yuvisol fueran admitidos, primero en el hospital de Coco Solo y después en Gordas. A Luisa le operaron un brazo; Yuvisol fue beneficiado con una prótesis de ojos.

Ella y sus hijos continuaron recibiendo asistencia médica hasta mediados de los noventa, cuando fue interrumpida. Era el precio que debía pagar Luisa por su participación en lo que las autoridades estadounidenses reportaron como ‘una conferencia de prensa en la Ciudad de Panamá el 9 de diciembre de 1993 (...) como peticionaria (...) ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos'.

El Centro de los Derechos Constitucionales describió estas acciones como ‘tácticas de intimidación y hostigamiento'.

El trauma de lo acaecido terminaría desquebrajando los lazos familiares. En su desesperación, Eleuterio terminaría consumiendo drogas y golpeando a Luisa, a quien inexplicablemente culpaba de lo sucedido. Una de las desgracias cuyos ecos todavía se sienten hoy, en la víspera de otro 20 de diciembre.

Luisa ha recibido el reciente informe de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, que recomienda a los Estados Unidos ‘adoptar las medidas de compensación económica y satisfacción' con esperanza, tras 29 años de silencio.

Es un rumor de justicia que Luisa empieza a escuchar entre el sonido de las detonaciones que aún resuenan en su memoria, la voz de su esposo que le llega desde lo profundo de la humareda, el ruido del misil rompiendo su cabeza y su vida en mil pedazos.

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