18 Nov
18Nov


Manuel E. Amador Torrentes no solo dejó el diseño de nuestra bandera. Sus contribuciones a la patria fueron muchas e importantes


Manuel Encarnación Amador Torrentes, pintor, idealista y patriota

Los panameños tenemos mucho que agradecer a Manuel Encarnación Amador Torrentes, hijo del primer presidente de la república, doctor Manuel Amador Guerrero, creador de la insignia nuestra, que sobresale entre las banderas del mundo por su original diseño y simplicidad cargada de simbolismo. Poco se conoce de que, gracias a él, podemos disfrutar hoy de las ruinas de la Iglesia de Santo Domingo y su famoso Arco Chato.

La historia relatada en viejos periódicos (The Star and Herald y The Miami News, de junio de 1929) señala que Amador Torrentes, entonces de 40 años, defendió las ruinas a punta de pistola, cuando un inversionista de nombre Teodoro De Sabla ordenó iniciar los trabajos de demolición. De Sabla pretendía construir un edificio de apartamentos.

“No soy un filantropista. La propiedad es mía y puedo echar abajo las ruinas si así lo deseo”, declaró De Sabla, quien había heredado la propiedad de su padre, que a su vez, la adquirió —con todo y ruinas— en una subasta pública realizada por el gobierno de Colombia.

En horas de la mañana de mayo de 1929, cuando los obreros se disponían a comenzar el trabajo, se apareció Manuel Amador acompañado de un grupo de ciudadanos aguerridos.

“Usaré una pistola para proteger estas ruinas si fuera necesaria”, gritó, ante el aplauso de los presentes. Durante los días siguientes, permaneció en la escena, esperando la llegada del presidente Florencio Harmodio Arosemena, que se encontraba en Chepo.

Para entonces El Club Rotario de Panamá había emitido una declaración de apoyo a Amador, en la que pedía al gobierno adquirir el terreno.

Posteriormente, el municipio anunciaría públicamente que había hecho una oferta de compra de la propiedad por $40,000. Sin embargo, al día siguiente se reveló que carecía de fondos para hacer efectiva su oferta.

Esto motivó a los panameños Eduardo Navarro, miembro del Concejo Municipal, y a Gregorio Miró, ex embajador en Perú, a adquirir la propiedad por $36,000.

Tras asegurar su dinero, De Sabla abandonó rápidamente el país rumbo a New Orleans. “Me voy de aquí antes de que esas ruinas colapsen”. “Me van a culpar por ello”, dijo según recogen los diarios mencionados.

Manuel Encarnación Amador Torrentes, pintor, idealista y patriota

Amadro Torrentes

El episodio de 1929 no fue el único en que Amador Torrentes utilizó su prestigio personal para defender una causa en la que creía. En 1931 se unió a las acciones del movimiento de Acción Comunal, que daba un golpe de estado al presidente Arosemena.

“A pesar de su avanzada edad, se paseaba gallardamente por la cuadra armado de fusil y cartuchera”, reveló Rodrigo Miró en un artículo “Manuel E. Amador, un espíritu sin fronteras”, publicado en la Revista Lotería.

Anteriormente, en el año 1926, Amador Torrentes había publicado el libro Fundamentos del Panamane, en el que daba a conocer un idioma creado por él durante años de trabajo, con la esperanza de que fuera enseñado a millones de niños en todas partes del mundo y sirviera como una interlengua que facilitara el intercambio y conocimiento entre las gentes de orígenes diversos. También aspiró a crear una bandera universal.

La vida de Manuel Encarnación tuvo sus momentos de brillo, pero también de oscuridad. Durante sus últimos años estuvo sumido en la pobreza, casi mendigando por un aumento a la miserable pensión que recibía del gobierno (la Caja del Seguro Social) que fue aprobada póstumamente.

Primeros años

Manuel Encarnación Amador, nació en Santiago de Veraguas, el 25 de marzo de 1869, hace 150 años. Su padre era un médico nacido y educado en Cartagena que se había instalado en Santiago de Veraguas en busca de oportunidades.

A medida que su progenitor iba afianzando su posición en el Istmo, convirtiéndose en el jefe del conservatismo y médico de la Compañía del Ferrocarril de Panamá, a su hijo se le abrían las oportunidades. Inició sus estudios universitarios en el Colegio de la Esperanza, en Cartagena, y los continuó posteriormente en el Eastman College, en un pueblo cercano a Nueva York, donde obtuvo un diploma en Contabilidad y Administración de Negocios.

A su regreso al país, gracias a las conexiones de su padre, consiguió una plaza de trabajo en el Departamento de Hacienda. En 1903, tras declararse la separación de Colombia, fue nombrado Secretario de Hacienda. En 1904 fue uno de los firmantes de la Constitución. A finales de ese año fue nombrado cónsul de Panamá en Hamburgo. En 1907, cuando su hermano Raúl, cónsul en Nueva York, protagonizó un escándalo de faldas, fue reubicado en esta ciudad como su reemplazo.

Nueva York

Estudios de la figura femenina de Manuel Encarnación Amador.

Tras ser destituido de la posición de cónsul por el presidente José de Obaldía, y a la muerte de su padre, Amador Torrentes recibió una herencia de cinco mil dólares (hoy $141,000, de acuerdo con una calculadora de inflación) con lo que, sumado a la venta de una finca en Colón, invirtió en un caserón en Nueva York que convirtió en una pensión.

En Nueva York residió durante 15 años, tiempo en el cual perfeccionó sus conocimientos de pintura —otra de sus pasiones— en la escuela de Robert Henri.

Entre 1910 y 1914 y bajo la guía de sus maestros, hizo la parte más valiosa de su obra pictórica, compuesta de paisajes, desnudos y figuras humanas, muchos de los cuales aun se conservan.

De acuerdo con Rodrigo Miró (Revista Lotería), durante su estadía de 15 años en la ciudad de Nueva York, tuvo una vida intelectual muy activa; participó en una estudiantina y asistía frecuentemente a las reuniones de los esperantistas en el barrio bohemio de Greenwich Village. De estas obtuvo la idea de elaborar un idioma Panamane. Trabajó en este idioma durante años. En 1936, con mucho sacrificio, imprimió dos mil ejemplares del libro. En el prólogo llama a este logro “la misión que nos fuera impuesta por el Destino”.

Sus conciudadanos no acogieron esta obra sino con indiferente escepticismo por lo que Manuel apela a la niñez. “Con su vigorosa estampa, pleno de humor y juventud de espíritu, solía repartir personalmente a los escolares, en las calles céntricas de la capital, pequeños volantes con versiones poéticas y breves lecciones del Panamane”, revela Miró, quien también expresa cómo le conmovió “la lucidez y precisión del discurso, el contenido místico, y la honestidad con que narra sus desengaños y trabajos, la abnegación de la esposa, su inquebrantable vocación ecuménica”.

“Esas características normaron siempre su conducta y explican su resistencia a doblegarse ante los ritos y costumbres de nuestra democracia primaria, su irreductible decisión de vivir libremente y con dignidad, su apartamiento decoroso y cortés de la feria de nuestras vanidades”.

De regreso a Panamá en 1929, ya agotados sus recursos económicos, tuvo que buscar trabajo. Logró una posición como auditor de la Contraloría, posición en la cual se jubiló.

Los últimos años de su vida se dedicó a ser profesor de pintura. Participó en muestras colectivas y en estimular la obra ajena. En 1940 donó su colección de pinturas a la Universidad de Panamá, que en su honor, nombró a la galería de arte universitaria con su nombre.

Amador murió en 1951. Para su sepelio, millares de panameños de todas las clases sociales se echaron a la calle para rendir el último tributo a este modesto “que hacía cuarenta y nueve años, en un momento de inspiración dictado por su temperamento de artista, habría de diseñar la bandera de la patria” (Miró).

Días antes de su muerte, cuando ya se sabía de su próxima partida, se aprobó la ley N° 27 de 1952 que lo proclama “Prócer Nacional” por haber diseñado la bandera.


Por Mónica Guardia 

La Estrella de Panamá

Comentarios
* No se publicará la dirección de correo electrónico en el sitio web.
ESTE SITIO FUE CONSTRUIDO USANDO