09 Nov
09Nov

Los últimos años de la unión a Colombia

La historia de Panamá ha sido siempre como la procesión del Cristo Negro: dos pasos hacia adelante y uno para atrás. De la pobreza a la prosperidad y de vuelta a la estrechez. De la colonia a la autonomía, y de la autonomía nuevamente a la dependencia…

Todavía hoy, más de un siglo después, hay quienes continúan desestimando los deseos de independencia de Panamá, atribuyendo su separación de Colombia a las maquinaciones del imperialismo norteamericano.

Pero, para el filósofo y economista cartagenero Salomón Kalmanovitz, las relaciones entre la Nueva Granada y el istmo estaban irremediablemente deterioradas desde que el el gobiero colombiano abolió en 1886 la autonomía que el istmo había ganado a través del sistema federalista (1855) y la constitución de Rionegro (1863).

El cansancio de los panameños con su asociación a Colombia aumentaría aun más cuando, en 1899, los liberales colombianos intentaron retomar el poder mediante la insurrección armada, convirtiéndo al istmo por primera vez en teatro militar: la Guerra de los Mil días, con su terrible secuela de muertes y devastación.

En su ensayo El Federalismo y la Fiscalidad del Estado Soberano de Panamá (1850-1886), Kolmanovitz sostiene que Panamá hubiera permanecido en la órbita colombiana si hubiese continuado la organización federal, si se le hubiera dado apoyo para la construcción de sus infraestructuras y se hubiera creado un orden político consensuado, en el que el istmo hubiese retenido una mayor parte de los recursos fiscales que podía generar con su riqueza.

LA MÁS LIBERAL DE LAS PROVINCIAS

Como el resto de la Nueva Granada, las grandes masas de la población panameña habían vivido hasta el siglo XIX en condiciones de pobreza crónica, fruto de las instituciones de la herencia hispánica: las encomiendas, el sistema de castas, la esclavitud, el centralismo y burocracia, los monopolios.

A mediados del siglo XIX, Nueva Granada parecía estar en un siglo de atraso con respecto a los europeos y estadounidenses. Así lo comentó un periodista norteamericano que visitó Bogotá en 1858:

“Los conservadores colombianos son un fiel reflejo de sus ancestros, los españoles; sostienen las mismas ideas y nociones. Su concepción del gobierno es la de una monarquuía absoluta, controlada por la iglesia; su religión es extrema Romana Católica. De acuerdo con su concepción, lo que era bueno para sus antepasados en suficiente para ellos y para las iguientes generaciones. Inventos de cualquier tipo son considerados trampas del demonio para confundir al mundo. No se esmeran en aprender ningún otro idioma, porque todos ellos son blasfemia. Para la típica mujeres colombiana, hasta nuestro señor Jesucristo hablaba español”.

En general, los conservadores colombianos tenían todo tipo de aprensiones con respecto a lo que nos fuera conocido. Estados Unidos, por ejemplo, era considerado una amenaza por su vigor económico y militar y porque era un Estado laico donde proliferaban las iglesias protestantes, muchas de ellas proselitistas, que podían desafiar el hegemonismo católico (Kalmanovitz).

Pero, en Panama, la idiosincracia conservadora hispánica había empezado a ser sacudida desde las primeras décadas del siglo XIX.

El inicio de la construcción del ferrocarril interoceánico en el año 1850 y posteriormente del Canal Francés, en 1880, atrajeron a miles de inmigrantes del interior de la república y de Jamaica, Cartagena, Las Antillas, de China, India, Estados Unidos, Inglaterra y Francia.

Según Kalmanovitz, entre 1850 y 1896, la población de la ciudad de Panamá se multiplicó por 3.4 veces; la de Colón 2 veces; la de Bocas del Toro, 15 veces, al convertirse en teatro de la expansión bananera impulsada por la United Fruit Company. Darién se abrió a la explotación de tagua y otras maderas. Chiriquí fue colonizada por inmigrantes extranjeros que aprovechaban los suelos fértiles de las tierras altas.

Con la fiebre del oro, entre 1849 y 1869, más de 600 mil pasajeros hicieron tránsito entre Nueva York y San Francisco por el istmo. Desde 1868, el contrato con la compañía Panamá Railroad Company otorgaba a Colombia $250,000 anuales, aunque desde Bogotá solo se pasaba a Panamá el 10%.

La exposición a extranjeros, a nuevos credos, a nuevas ideas, la creciente heterogenidad de la población, la necesidad de educación laica, de cementerios de otras denominaciones, fue abriendo la mentalidad panameña, según Kalmanovitz, convirtiéndola en la más liberal de las provincias colombianas.

Ya para mediados del siglo XIX, eran liberales las élites urbanas dedicadas principalmente al comercio con las Antillas inglesas y holandesas y con los puertos del Pacífico y del Atlánticas, cuyos intereses requerían del librecambio y de la libertad económica y religiosa. Eran liberales las grandes masas de población del arrabal santanero que constituyeron su propio Partido Liberal Negro y veían en el liberalismo la oportunidad de ser respetados.

Solo las provincias del interior estaban dominadas por élites ganaderas muy conservadoras que defendían la herencia hispánica y católica y favorecían la estrecha relación con Colombia.

JUSTO AROSEMENA Y EL ESTADO FEDERAL DEL ISTMO

En 1852, siendo diputado del Istmo ante el Congreso de la Nueva Granada, el gran pensador liberal panameño Justo Arosemena presentó un proyecto de reforma a la constitución colombiana, planteando la adopción de un sistema federalista al estilo estadounidense.

La propuesta fue aceptada y en marzo de 1855 se aprobó el Acto Adicional a la Constitución, por la cual ‘el territorio que comprenden las provincias del Istmo de Panamá, Panamá, Azuero, Veraguas y Chiriquí forman un Estado Federal Soberano, parte integrante de la Nueva Granada, con el nombre de Estado de Panamá’.

La Constitución de Rionegro, en el año 1863, convocada por el presidente colombiano Tomás Cipriano de Mosquera, consolidó la tendencia hacia el liberalismo que había surgido en los últimos años.

“Más libertad, y menos gobierno” era el moto de los liberales liderados por Mosquera.

Las políticas de liberalismo clásico adoptadas durante su gobierno consolidaron la separación de Iglesia y Estado y la confiscación de los bienes de manos muertas que poseía el clero. La educación se tornó laica, apoyándose en ciencias modernas como la física, la química, la biología y la filosofía.

Se proclamaron las libertades individuales de comercio, de opinión, de imprenta, de enseñanza, de asociación; se abolió la pena de muerte; se establecieron los jurados de conciencia y se otorgaron plenas garantías a los ciudadanos.

Por efecto de la Constitucion de Ríonegro, la Confederación de Nueva Granada pasó a llamarse Estados Unidos de Colombia; el país quedó dividido en nueve estados separados, con autonomía para dictar sus propias leyes, tener ejército propio y administrar justicia independientemente del Gobierno Nacional.

DEMOCRACIA EN PANAMÁ

Después de siglos de sistema colonial y décadas de una desastrosa unión a Colombia, con el estado federal (1855 – 1878), Panamá pudo disfrutar las mieles de la democracia. Por primera vez en su historia, los panameños tenían derechos y libertades nunca imaginadas: voto universal sin distinción de propiedad o alfabetismo, libertad de comercio, de opinión, de imprenta, de enseñanza, matrimonio civil y divorcio, igualdad entre los hijos naturales reconocidos y los legítimos.

La constitución otorgó participación electoral a toda la población masculina mayor de 21 años, sin ningún requisito de propiedad o alfabetismo. Los grupos sociales que hasta entonces habían estado marginados del poder político y excluidos de toda consideración social tuvieron acceso real al poder político” (Fernando Aparicio).

La enorme disparidad numérica entre la población de mestizos, mulatos y negros del arrabal y la élite blanca descendiente de españoles apoyó el surgimiento de líderes populares como Buenaventura Correoso y Rafael Aizpuru, ambos del Partido Liberal Negro, que ascendieron a la presidencia del Estado.

La presión de las masas empoderadas obligó al gobierno a prestar más atención a las necesidades de la población, a aumentar el gasto en educación pública y servicios.

De acuerdo con las investigaciones de Kalmanovitz, en el periodo comprendido entre 1862 y 1879 las tradiciones élites formadas por comerciantes urbanos ocuparon la presidencia de Panamá durante siete años, los grupos rurales dominantes tres años y del arrabal santanero ocho años.

OCASO DEL SISTEMA FEDERALISTA

Pero el sistema federalista no fue la panacea ni para el istmo ni para el resto de los áreas federadas de Colombia. Con el empoderamiento de las masas y la relativa independencia en la toma de decisiones, llegó una constante inestabilidad política, reflejo de los desórdenes nacionales y de las confrontaciones locales entre liberales y conservadores o entre facciones de estos partidos.

En este régimen de libertad, Colombia llegó a estar compuesto por diez estados soberanos y gobernado por diez constituciones, diez códigos civiles, diez códigos penales y diez ejércitos.

Los estados federados podían convocar asambleas constitucionales para cambiar las reglas acordadas por los constituyentes en 1863, lo que aumentaba la rotación, aun sin contar los casos de presidentes que no podían terminar su corto mandato y entregaban el poder al primer o segundo delegado o de aquellos en que la guardia del estado soberano daba un golpe al presidente y lo sustituían por un militar. (Kalmanovitz).

Entre los diez estados que constituían la República, Panamá fue el que sufrió de mayor turbulencia política: entre 1855 y 1862, tuvo nuevo gobernadores cuando solo debió haber cuatro; entre 1862 y 1886 debía haber doce presidentes, pero desfilaron treinta.

VUELTA AL CONSERVADURISMO

Para el colombiano Jorge Orlando Melo, al liberalismo de 1853 se le debe atribuir el mérito de incluir en la cultura política nacional las ideas fundamentales del credo liberal y el impulso de transformaciones económicas para la incorporación del país en la economía capitalista mundial – el libre cambio, la eliminación de la esclavitud, de las desigualdades legales entre los colombianos y las múltiples restricciones a la utilización de los recursos productivos-.

Pero, en realidad, en todos los Estados Unidos de Colombia hubo una incongruencia entre los ideales del liberalismo y el deseo de mantenerse en el poder (“Los liberalles han conquistado el poder con las armas y no lo van a perder por culpa de esos papelitos”, dijo sarcásticamente el educador y abogadoo Francisco Eustaquio Alvarez en 1879).

PANAMÁ, EL ESTADO MÁS INESTABLE

Ya para finales de la década del 70, algunos sectores políticos neogranadinos consideraban que el experimento federal había fracasado y que la única alternativa era un cambio profundo: “Regeneración administrativa o catástrofe”. Así lo expresó el entonces candidato colombiano presidencial Rafael Nuñez en 1978.

Dos años más tarde, al ser elegido presidente, Nuñez llevaría a Colombia a un largo periodo de gobierno conservador, autoritario y centralista, que aboliría todos los adelantos en materia de derechos y libertades implementados por el gobierno liberal que lo antecedió.

Ese fue el origen del movimiento conocido como La Regeneración que quitó a Panamá todas sus prerrogativas de autonomía política y le restó recursos presupuestales a los estados soberanos, convirtiéndolos en departamentos, entes atrofiados con muy pocos recursos fiscales a los que despojó de toda autodeterminación (Kalmanovitz).

Hasta su separación definitiva de Colombia en 1903, el destino del istmo estaría sujeto a los antojos del presidente colombiano y las decisiones tomadas desde una ciudad situada a cuatro semanas de distancia a caballo.

El enfado con la pérdida de autonomía aunado a las guerras civiles y posteriores muestras de indiferencia hacia el bienestar del istmo, consolidarían el deseo de libertad de los panameños.

RAFAEL NUÑEZ, EL REGENERADOR

El presidente Nuñez, era uno de los más brillantes mentes de su época. Era abogado, periodista, poeta y escritor. Dominaba los más avanzados pensamientos filosoficos de su tiempo. Había entrado a las lides políticas desde los 26 años y ocupado una variedad de cargos públicos. Llegó a ser incluso juez en David, Chiriquí, donde se casó en primeras nupcias con una chiricana de nombre Dolores Gallego Martínez, media hermana de la esposa de José de Obaldía, entonces el más destacado político del país. Con ella, quien en la historiografía colombiana es descrita como mujer de gran belleza, pero poca inteliencia y roce social, tuvo dos hijos, a quienes abandonó.

Como miembro del partido liberal, Nuñez había participado en la redacción de Constitución de Ríonegro (1963), a la que posteriormente aborreció y a la que culpaba de todos los males de la época, al sostener que “una república debe ser autoritaria para evitar el desorden”.

Núñez terminaría siendo presidente de por vida, elegido de 1880 a 1882, reelegido de 1884 a 1886, y dos veces más, de 1886 a 1892, y del 92 al 96 (aunque murió en el 94). Ni siquiera Simón Bolívar había alcanzado tanto poder.

A pesar de militar en el Partido Liberal, al ser electo presidente para el periodo de La Regeneración, Nuñez asumió posturas conservadoras. Una de sus principales políticas fue colocar nuevamente a la Iglesia Católica en su puesto central dentro de la sociedad granadina, como garante de la tranquilidad social. Su gobierno, no solamente le devolvió los bienes (“de mano muerta”), incautados por el gobierno de Mosquera, sino que se le otorgó una indemnización y nuevos poderes: el de designar a los candidatos políticos, y hasta definir y administrar el sistema educativo, en un pacto conocido como El Concordato.

El Concordato daba a la Iglesia Católica la autoridad para censurar los textos escolares y universitarios, para nombrar y supervisar a los docentes, y vetar a todos los que no profesaran la fe católica.

Nuñez, quien había sido periodista, como presidente no creyó en la libertad de expresión. Su gobierno reprimió a sus críticos con la cárcel y el destierro de sus redactores y directores. Fusiló a muchos, encarceló o condenó al destierro a otros de los líderes liberales.

ABOLICIÓN DEL SISTEMA FEDERAL

Durante la Regeneración, Panamá y los otros nueve estados del sistema federalista fueron reducidos al rango de departamentos, intendencias y comisarías, regidos desde la capital, por gobernadores, alcaldes, e intendentes nombrados por el presidente.

La posición de Núñez fue especialmente intransigente con respecto a Panamá. Para él, el istmo era el más perfecto ejemplo de la anarquía provocada por el gobierno liberal anterior a él.

Con sus políticas, el “arrabal santanero”, que había ganado prominencia política durante el periodo del Estado Federal, dando al país ocho años de gobierno entre 1862 y 1879, perdió su fuerza y sus principales cabecillas fueron perseguidos, arrestados o exiliados.

Si durante el gobierno liberal, eran ciudadanos con derecho a voto todos los hombres mayores de 21 años, sin restricción de razas, ingresos o profesiones, con La Regeneración lo fueron solamente quienes tuvieran ingresos anuales de más de $500 (diez veces el ingreso promedio por habitante) o propiedades con valor superior a $1.500.

Esta medida redujo la población votante de Santa Ana drásticamente.

Si antes Panamá había sido representada en el Congreso Colombiano por delegados como Justo Arosemena, profundamente identificados con la realidad istmeña y que incansablemente buscaron los intereses del istmo, en lo sucesivo tuvo que aceptar los delegados elegidos por la mano de Nuñez y sus allegados.

Como representante de Panamá para la Constituyente de 1886, por ejemplo, el elegido fue Miguel Antonio Caro, quien no conocía el mar, ni el río Magdalena y menos aun Panamá. El otro fue Felipe Fermín Paul, hermano de monseñor José Telésforo Paul, arzobispo de Bogotá durante la Regeneración y gran amigo de Núñez.

La Constitución de 1886, hecha por Nuñez a su medida, dejaba establecida la subordinación del istmo con respecto a Bogotá mediante una claúsula especial, el artículo 201, que afirmaba: “el Departamento de Panamá está sometido a la autoridad directa del Gobierno, y será administrado con arreglo a leyes especiales”.

En cuanto a la política económica, el cambio fue igualmente drástico: tras el laissez faire y el librecambismo de los liberales radicales, regresó el intervencionismo estatal. Desde Colombia se tomaban todas las decisiones en materia económica para la istmo. Los impuestos y anualidades aportadas por la Compañía del Ferrocarril de Panamá enriquecían al gobierno central de Bogotá, pero el istmo no decidía cómo se gastaban los fondos, que invariablemente fueron destinados a sufragar los costos de las rebeliones causadas por La Regeneración.

Pero los males nunca vienen solos. Panamá, que había sido el estado más próspero de Colombia desde mediados del siglo XIX, inició un periodo de decadencia económica. La construcción del primer ferrocarril transcontinental en Estados Unidos en 1869, redujo el número de pasajeros que pasaban por el istmo rumbo a California.

En 1882, los istmeños pusieron sus esperanzas en Ferdinand de Lesseps, que iniciaba con gran fanfarria su proyecto de construcción de un canal interocéanico al modelo de Suez. Seis años más tarde, el fracaso era rotundo, lo que dejó a los panameños sumidos en la desesperanza.

The Star and Herald, se expresó así sobre la situación ocasionada por la cancelación de las obras: “Ha llegado una época de verdadera crisis para el istmo, época temida hace tiempo aún por los más escépticos en materia de esperanzas, ya que la si- tuación financiera del país se hace cada vez más tirante, más amenazadora, por la ruina de las masas, principalmente, que entraña un largo catálogo de desdichas. Se ha repetido hasta la saciedad que aquí se carece de vida propia, que dependemos en lo absoluto de circunstancias transitorias y excepcionales, que nuestra existencia comercial o financieramente hablando, es del todo falsa, por lo efímero (citado por Araúz y Pizzurno, 1993, 204).

GUERRAS CIVILES

Colombia había sido tierra fértil para las guerras civiles pero estas nunca se habían trasladado al territorio panameño. Durante La Regeneración, el istmo se estrena como escenario bélico.

En 1885, el movimiento de insurrección de los gobiernos locales colombianos contra el centralismo de Nuñez llegó a Panamá, encabezado por el cartagenero Pedro Prestán, quien fue derrotado prontamente.

Nuevamente, en 1899, se dio inicio al más cruento conflicto conocido por los colombianos, la Guerra de los Mil Días.

En 1900, Panamá se unió a la guerra con el desembarco de un grupo de hombres armados procedentes de Nicaragua, al mando del doctor Belisario Porras, y apoyados por el presidente José Santos Zelaya de Nicaragua.

Para pagar los gastos de la guerra, el gobierno bogotano impuso impuestos sobre la sal, sobre la matanza de reses, y otros que polarizaron aun más a la población del istmo.

El impuesto a la sal fue lo que motivó al cholo penonomeño Victoriano Lorenzo a levantarse en armas contra el gobierno del Istmo.

La Guerra de los Mil Días terminaría arrasando con la economía, produciendo miles de muertos y destrucción, y el consiguiente afianzamiento del nacionalismo y las ansias de autonomía.

Su resultado directo fue la posterior separación de Panamá en 1903.

La Estrella de Panamá

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