07 Apr
07Apr
La noche en que triunfó Ismael Laguna

Ocurrió hace cincuenta años, pero quienes vieron al colonense Ismael Laguna destronar al entonces campeón mundial de pesos ligeros, el puertorriqueño Carlos Ortiz, llevarán para siempre el recuerdo de esa noche como una histórica y emocionante. 

El encuentro boxístico tuvo lugar el sábado 10 de abril de 1965 en el Estadio Olímpico Juan Demóstenes Arosemena. Allí se coronó Laguna como el primer campeón mundial panameño  en 35 años, solo después de Panama Al Brown (Alfonso Teófilo Brown), el también colonense peso gallo que en 1929 obtuvo el primer título latinoamericano.

El evento, calificado por los expertos como una  “exhibición maestra de boxeo” y “una muestra de museo”,  fue apenas el primer evento de campeonato mundial celebrado en Centroamérica y, sin duda, contribuyó a despertar la pasión de los panameños por este deporte y movió a una generación de niños a soñar con ganar  gloria y riquezas a través de sus puños.

En la década del 60  no era común una pelea de campeonato mundial en América Latina. Todavía no eran frecuentes las transmisiones televisivas internacionales y las ganancias para los organizadores provenían básicamente de la venta de las entradas del estadio.

El encuentro se pudo celebrar gracias a la intervención de la Cervecería Nacional de Panamá, que corrió con los gastos de promoción y garantizó al campeón Carlos Ortiz la paga por sus servicios.

Laguna empezaba a perfilarse como el primer gran ídolo nacional y la Cervecería, entonces una de las empresas más estables del país, quería promoverlo para impulsar la venta de  sus cervezas Atlas y Balboa. La pelea contra Ortiz sería la segunda bajo los términos de un contrato firmado entre estas dos partes. Ismael Laguna había nacido en la ciudad de Colón, el 28 de junio de 1943. Como la mayoría de los boxeadores latinoamericanos, comenzó peleando con las pandillas del barrio. Su inspiración eran otros  peleadores panameños de gran reconocimiento por entonces, como Antonio “Buche” Amaya, Jesús Santamaría e Isidro Martinez, ninguno de los cuales había llegado a obtener un título mundial.

La carrera del Tigre, como se le llamaba por supuestamente haber bebido, de joven, la sangre de una vaca en una carnicería,  se había iniciado apenas 4 años antes, al ser descubierto en la Arena de Colón. 

Bajo la tutela del entrenador Corro Dosman y el manager Issac Kresch, debutó como profesional el 8 de enero de 1961 en su ciudad natal. Su corta trayectoria incluía dos sonadas derrotas. Pero de estas se había recuperado inesperadamente, logrando vencer de forma seguida a cuatro oponentes internacionales, una magnífica racha que le permitió a Laguna demostrar su talento e hizo posible el encuentro con Ortiz.

Preparación

Los días previos al  combate Panamá bullía de emoción. No solo era el gran evento. La provinciana ciudad se convertía en la capital del boxeo a medida que llegaban fanáticos de Nicaragua, Costa Rica, Puerto Rico, Colombia y Venezuela y grandes personalidades del deporte como Ed Lassman, presidente del Consejo Mundial del Boxeo; Anthony Maceroni, presidente del Comité de Campeonatos Mundiales de la WAB;  Merv McKenzie, presidente de la Asociación Mundial de Boxeo; Jersey Joe Walcott, ex campeón de los pesos pesados y ahora árbitro; Felo Ramírez, Pedro Fernandez, Eduardo Jácome y Rafito Cedeño…  El sábado, a la 1:00 pm, en un ambiente de fiesta, empezó a reunirse el público en el estadio Juan Demóstenes Arosemena. Al caer la noche, se habían congregado más de 15 mil fanáticos en las gradas. Algunos llevaban bocadillos bajo el brazo y, otros, una botella de ron o cerveza en los bolsillos, según relata el cronista deportivo Chon Romero.

La pelea iba a ser transmitida en vivo a través de  la Cabalgata Deportiva Gillette (estaciones Ondas del Canajagua, Onda Popular y la Voz del Barú), con la narración de   Tomás A. Cupas, Carlos González y el cronista internacional Buck Canel.

A las 9 de la noche, finalmente, el presentador oficial, el entonces poco conocido Víctor Martínez Blanco, introdujo a los contrincantes.

“¡Tigre! ¡Tigre! ¡Tigre!”, gritaban los panameños al unísono, desde Chiriquí, hasta la capital, mientras subía al ring un energético Ismael Laguna, vestido en bata blanca con ribetes negros, calzón negro con cinturón de franjas blancas y botas negras.

El retador, de 21 años, pesaba 132 libras y ocupaba el cuarto lugar en las clasificaciones de la Asociación Mundial de Boxeo (AMB), anunció  Martínez Blanco.

Poco después, hacía su entrada el campeón mundial de los pesos ligeros, de 28 años y 134 libras, vestido con bata negra, pantaloneras blancas con ribetes y franjas negras y botas negras.

El árbitro Jersey Joe Walcott, también juez (lo permitía la reglamentación de la época) reunió a ambos púgiles en el centro del cuadrilátero para explicarles las reglas.

El primero en tomar la iniciativa  fue el campeón Carlos Ortiz, lanzando dos largos izquierdazos que se perdieron en el vacío a medida que el panameño danzaba a su alrededor con juegos y coordinación de extremidades.

Era una pelea rápida y Laguna empezó a dominar y llevar el ritmo desde el principio.  Ortiz se veía forzado a adaptarse. El campeón estaba sorprendido. Como declararía más tarde, nunca había visto pelear a su contrincante y no esperaba tal calibre de destrezas.

El arte pugilístico de Laguna espeluznaba a la muchedumbre. Se arriesgaba, round tras round, dando agujazos nítidos, en una ofensiva imparable, que llegaba al rostro del campeón o a sus zonas medias. Ortiz buscaba formas de contrarrestar los movimientos de su agresor, pero no lo lograba.  Se le veía cansado e intentaba frecuentemente amarrarse.

En el minuto de descanso del decimoprimero asalto,  los asesores de Ortiz le aconsejaron intentar el nocaut. Por decisión ya sería imposible. Cuando el sonó la campana final, Laguna lucía entero, pero el rostro de Ortiz presentaba los efectos del constante castigo, con el pómulo derecho inflamado y el ojo izquierdo totalmente cerrado. Ahora venía el veredicto de los jueces. Cualquier cosa podía pasar.

El juez Ramón Mouynes, dio 149 puntos a Laguna. A Ortiz, 137.

Le tocaba ahora el turno al  juez estadounidense Ben Green. “Son 145 puntos para cada uno”. Empate. La muchedumbre no podía creerlo. Se hacían juramentos. Sonaban las palabrotas. 

Entonces, le tocó al tercer hombre, el excampeón mundial del peso pesado, Jersey Joe Walcott, quien había actuado como árbitro. El silencio era total a lo largo de toda la República. Todo el mundo estaba a la expectativa. “Son 143 puntos para Laguna y 132 para Ortiz”.

El triunfo estaba asegurado. ¡Laguna era campeón mundial!

Los fanáticos panameños reunidos en el estado, entre ellos, diputados, empresarios, estudiantes y campesinos, eran solo uno cuando estallaron en gritos,  aclamando al Tigre en una estruendosa ovación.

Durante las horas siguientes, fuera del recinto, miles de personas se agolparon a lo largo de la Avenida Central y otras arterias importantes de las inmediaciones del Estadio Olímpico para presenciar la caravana de  carros que circulaba haciendo sonar sus bocinas. 

Mientras tanto, varios escoltas custodiaban al juez estadounidense Ben Green para sacarlo de Panamá en el primer avión que saliera hacia territorio estadounidense: se hablaba abiertamente de  colgarlo en la Plaza Cinco de Mayo.

Esa misma noche, celebrando en algún lugar de la ciudad, un emocionado joven de 14 años llamado Roberto Durán se dijo a sí mismo que  algún día él también se convertiría en campeón mundial de boxeo.

La Estrella de Panamá
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