28 Dec
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Juan Manuel Cedeño Henríquez

Artes Visuales, Educación, Panamá

Juan Manuel Cedeño Henríquez (1914 - 1997). Maestro del retrato y de la pintura panameña del siglo XX.

Nació en la Villa de los Santos el 28 de diciembre de 1914. Era el penúltimo de los 15 hijos de Celio Cedeño y Josefa Henríquez de Cedeño. Junto a Humberto Ivaldi es representante de la primera generación de artistas nacionales que dieron forma a la concepción de una plástica con matices autóctonos, apunta Pedro Luis Prados en su ensayo La pintura en Panamá (1870-1950).

De cuna muy humilde, Cedeño solía contar hasta el final de su vida el apoyo que le dio pueblo de la Villa a sus andares pictóricos: comentaba que con el sobrante de los carbones de los fogones, desde niño, hacía monicacos, enfatizaba así que el dibujo era el todo esencial en el arte de pintar. En 1924 viajó desde Mensabé, el puerto de la península de Azuero, hasta la ciudad de Panamá. Allí en la capital pudo ver las pinturas del Teatro Nacional.

Su vocación artística continuó desarrollándose, pero debido a las estrecheces de su medio tuvo que alternarla con el magisterio en las escuelas, profesión que ejerció por un breve tiempo. Esta eventualidad, a la vez, lo devolvió al goce y observación de la campiña interiorana, donde encontró los motivos de su futura obra. Recibió sus primeras instrucciones artísticas de parte de Roberto Lewis en 1931, quien lo encaminó académicamente en la profesión que lo consagraría como uno de los retratistas importantes de la plástica panameña. Con una beca viajó a los Estados Unidos, al Art Institute of Chicago, de 1944 a 1948. Contaba que tuvo el privilegio de tener maestros europeos recién llegados a América por causa de la Segunda Guerra Mundial y los primeros años de la posguerra.

Cedeño volvió a Panamá, en donde quedó encargado de la dirección de la Escuela Nacional de Pintura. Allí impartió clases. En 1953, viajó a México, y tuvo contacto y se familiarizó con la técnica de la decoración mural. A su regreso, pasó a la Facultad de Arquitectura de la Universidad de Panamá. En el aula fue donde Cedeño se ganó el título de maestro por su generosidad al no escatimar esfuerzos en la formación de nuevas generaciones de pintores.

Su trayectoria como retratista se enriqueció con los retratos de Octavio Méndez Pereira, primer rector de la primera casa de estudios superiores y de Harmodio Arias Madrid, presidente fundador de la Universidad. Estas magníficas obras reposan en la Rectoría, como patrimonio universitario. Otras obras suyas como el retrato del primer presidente Manuel Amador Guerrero, del educador Jeptha B. Duncan, y de su maestro Roberto Lewis, son muestras de su oficio. El retrato del pionero de las artes plásticas Manuel E. Amador hijo, a quien Rodrigo Miró calificó de maestro sin fronteras, es una obra pensada para la posteridad, ya que en el momento de su realización, Amador estaba en el declive de su vida pública. Se ve al personaje sentado, pensativo, sereno, sin mirar al ejecutante. La obra refleja la personalidad del protagonista.

Erick Wolfschoon ve en la pintura de Cedeño de la década del cincuenta el período productivo con más significación, porque se percibe el poder de la memoria que celebra la cotidianidad y las celebraciones religiosas del hombre de Azuero. El crítico dominicano Fernando Ureña Rib reconoce en la obra de Cedeño una carga dramática de la que no están ausentes la chispa, el humor y el anhelo feliz del caribeño.

Quienes conocieron en el aula y en la vida cotidiana a Juan Manuel Cedeño, advirtieron que siempre tuvo una ocurrencia amable. Se trajeaba para ir a las honras fúnebres de gente destacada en la vida social istmeña, y su sola presencia era una manera de entrar en contacto con su futura clientela. Su estudio, una casa hecha a la usanza santeña, de herencia colonial, tenía un patio interior con plantas verdes y flores. Estaba localizado en la planta alta, y un ventanal dejaba entrar la luz natural. Aquello denotaba mucho orden y disciplina. Trabajaba desde muy temprano en las mañanas cuando no impartía clases en la Universidad. Algunas veces pasaba horas enteras compenetrándose con una idea, hilvanando los rasgos, el semblante, el puro alumbramiento de la mirada exacta. No había nada artificial en la humanidad de la faz, y aunque en un mural colocaba fotos de distintos ángulos del retratado, lo hacía posar por horas. Y cuando eran difuntos, le tomaba meses el trabajo, porque dedicaba una pausada reflexión a la decisión de cómo debía pasar a la posteridad el personaje. Era amable y dejaba ver cierto tono festivo en su conversación, que en alguna ocasión le sirvió para lamentarse de no haber aprendido a cocinar, pues en su tiempo de joven eso era “de mujeres”. Amante de lo tradicional, recordaba los fogones y las comidas servidas en totumas. Con los restos de ceniza y carbón, el niño imaginativo había hecho sus primeras figuras, pero, al ingresar a la Academia de Chicago, para elaborar de memoria un retrato de su abuela, usó el carboncillo. Era un elemento que lo vinculaba a su propio pasado. Este trabajo permaneció como un tesoro en su estudio.

Cedeño recordaba sus primeras impresiones cuando comenzó su labor docente e intentó, con sus estudiantes, realizar el montaje de una exposición colectiva. Tocó numerosas puertas para conseguir el patrocinio; sin embargo chocó con la indiferencia y la negatividad de mucha gente. No obstante, el maestro guardaba esta anécdota con cariño como parte de su largo periplo por las artes plásticas en Panamá. Solía ir a todas las exposiciones, ataviado de saco y corbata. Impecable, conversaba con exalumnos, seguidores y discípulos, y antes de que la conversación terminara, decía: el dibujo es todo. Buscaba abrir el compás a la polémica sana.

En 1946, expuso en The International House, The School of Art at the Institute of Chicago, Chicago, Illinois, Estados Unidos. En 1947 fue admitido como miembro activo de la Renaissance Society de la Universidad de Chicago, y ese mismo año expuso en el Chicago Institute of Design. Retornó a Panamá, y en 1950, participó en la Tercera Exposición Anual de Bellas Artes, montada en el Instituto Nacional de Panamá, y auspiciada por el Ministerio de Educación de ese país. En 1952, fue incluido en la Primera Exposición permanente de pintura de la Escuela Nacional de Pintura.

En 1953, formó parte de la exposición Ten Panamanian Artists, en la Galería de Arte de la Unión Panamericana en Washington, D.C. En ese mismo año, ganó el premio Humberto Ivaldi, un importante lauro, por la acuarela titulada Punta Paitilla. También en 1953 viajó a México a conocer y aprender la técnica del “fresco”, la decoración mural, en el Instituto Politécnico. Retornó a su país, pero continuó viajando para representarlo, y tras la búsqueda de conocimientos, pues nunca dejó de aprender.

En 1957, realizó una exposición retrospectiva en la Biblioteca Nacional, bajo los auspicios de la Universidad de Panamá. Se puede decir que, ya a esas alturas de la vida, Cedeño tenía un sitial en el arte panameño. Para los entendidos era el mejor dibujante retratista, pues se ha reconocido su manera de captar en un instante el vivo retrato del alma de un personaje, con maestría insuperable.

En 1958 participó en la Semana de Panamá en Miami, exposición organizada por la Universidad Nacional de Panamá. Y en 1960, expuso en la Biblioteca Nacional de Panamá. A esta le siguieron, en 1961, una exposición en la Casa del Periodista, en el Museo Nacional de Panamá, y una Exposición de proyectos para murales del Hospital General de la Caja del Seguro Social y las policlínicas del Seguro Social de Colón y David.

En 1967 y 1968, expuso junto a Silvera y Herrerabarría. La exposición se tituló Tres pintores panameños y, en Panamá, fue montada en la Casa del Periodista. Después, viajaron a Caracas, Venezuela.

En 1967 también fue designado profesor titular en la Universidad de Panamá, puesto que desempeñó hasta su jubilación en 1978. Las aulas de la Facultad de Arquitectura le permitieron abrir un espacio a la dinámica del conocimiento del arte para los futuros profesionales. Cuando estaba frente a los alumnos, siempre retornaba a los recuerdos a la hora de achicar la mirada y apuntar al lienzo. Era como volver a la misma casa, pero desde distintos ángulos o miradas. Siempre había un plano general, el de reconocimiento de la escena, la estampa, que se impregnaba de una realidad nunca olvidada, que iba dibujándose en el boceto. Era un mapa de la ruta que seguía el artista para no olvidarse de su pueblo natal, rico en tradiciones folclóricas. Juan Manuel Cedeño disfrutó hasta el mínimo instante, las fiestas del Corpus Christi, con su variedad de bailes y galas. Padrino y promotor, llegaba a la Villa de los Santos, a su casa, cerca de todo y de la Iglesia de San Atanasio, para cuya restauración y embellecimiento puso su talento.

En su primer viaje a la capital le había fascinado el Teatro Nacional: el decorado, las pinturas de su maestro Roberto Lewis. Qué lejos estaba Juan Manuel Cedeño de saber que se ocuparía entre 1972 y 1974 de la restauración del teatro. En esos años también pintó para el salón de la Nacionalidad del Ministerio de Gobierno y Justicia el retrato del músico Alberto Galimany.

En 1972, en la Universidad de Panamá, tuvo lugar la exposición organizada por él, El desnudo en el arte pictórico panameño. 1920 -1970. En 1974, la Caja de Ahorros de Panamá reconoció a tres grandes artistas panameños en el Homenaje a Rogelio Sinán, Roque Cordero y Juan Manuel Cedeño. Este participó en la inauguración del Museo del Hombre Panameño en 1976, con El hombre panameño a través de la plástica nacional. En la Galería del Chase Manhattan Bank en Panamá, expuso en 1977 Homenaje a la madre, y en 1982, en la misma Galería del Chase, Variedad. Además, en 1980, 1981, 1983 y 1986, expuso en la Galería de Arte INAC, en la Subasta Ciudad del Niño, en la Subasta Panarte en Panamá, y en el Museo Bolivariano de Arte Contemporáneo en Colombia.

Juan Manuel Cedeño, el maestro de las artes plásticas en Panamá, fue un creador polifacético. En su alma de cultor de la pintura palpitó siempre el interés por su patria chica, la Villa de Los Santos y un amor incondicional por Panamá. Su porte saludable y atlético, aun a pesar de la avanzada edad a que llegó, se debía a que también en su juventud practicó el atletismo. Fue representante de Panamá en los Juegos Centroamericanos y del Caribe en 1937 en el salto con pértiga. Participó en la política: visitó una cárcel después de haber pintado el rostro del candidato opositor, lo que le costó una golpiza y un “carcelazo”, como se llama en Panamá el castigo a que se ven sometidos los que tienden a mirar y actuar más allá de lo que marca la realidad circundante. Fue un artista solidario y solía asistir a todos los eventos a los que se le invitaba como oferente o conferencista. Muchas veces lo hacía de saco, corbata y sombrero; y cuando iba a su pueblo natal, de camisilla. Tenía tiempo para todo y no le sacaba el cuerpo a nada.

La pintura fue para él más vocación, gran talento y mucha paciencia y constancia. Puesta la práctica y la teoría con empeño a la hora de ensamblar, preparar una tela, lo que seguía era un ánimo siempre sonriente; nunca se le notó, ni en los peores momentos, el mal humor. Contaba chistes muy bien y tenía la memoria fresca de recuerdos. Toda la obra de Juan Manuel Cedeño, desde la acuarela hasta el paisaje rústico, es el estudio sereno de la memoria, conformada por la esencia de vivir de cara al sol, ya que, como un madrugador campesino, emprendía cada día su oficio pictórico con verdadera pasión.


En Caribe

La valía de su obra le hizo merecedor de numerosas distinciones y homenajes. Cedeño falleció el 12 de agosto de 1997 en la ciudad de Panamá. 

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