14 May
14May

Grupo de curanderos kallawayas de la comunidad Canlaya, cerca de Charzanani, Bolivia estuvieron en Panamá durante la Construcción del Canal de Panamá.
La foto es de cerca de 1888 y corresponde al viaje que hicieron a Panamá para combatir una epidemia de malaria extendida entre los trabajadores que construían el canal. El uso de la corteza de quina (Cinchona calisaya) y otras hierbas llevadas desde Bolivia derivo en un gran excito en el control de la enfermedad y el consiguiente prestigio internacional y de los curanderos kallawayas.

LA ANTIGUA MEDICINA DE LOS KALLAWAYAS
Médicos del inca

En Bolivia, la Provincia Bautista Saavedra del Departamento de La Paz es conocida principalmente porque entre sus habitantes de la comunidad aymara viven los kallawayas. Poseedores de un profundo conocimiento sobre plantas medicinales, sus terapias curativas forman parte de la sabiduría y belleza de la cosmovisión andina. A unos 250 Km. del Lago Titikaka, residen en las localidades de Curva, Chajaya, Kamlaya, Huata Huata, Inka, Amarete, Chari, Pampablanca, Chakapari y Charazoni. En toda la Provincia viven aproximadamente unas 8500 personas, el 96% en condiciones de extrema pobreza.

El origen de los kallawayas se pierde en la milenaria historia de la civilización andina. Algunos indicios sugieren su presencia, incluso antes del período incaico, durante el esplendor de la cultura Tiawanaco, desaparecida en el siglo XI de nuestra era. Especializados en el conocimiento de las plantas, su establecimiento en la actual región de Bautista Saavedra seguramente favoreció el desarrollo de su oficio, al facilitar el acceso no sólo a la biodiversidad del altiplano, sino también de zonas menos altas, incluyendo el trópico.

Investigaciones arqueológicas han intentado sustentar esta hipótesis. En los años setenta, por ejemplo, el Museo Etnográfico de Gotemburgo divulgó información sobre un conjunto de materiales y restos humanos hallados en Bolivia, pertenecientes justamente al llamado período tiawanaco clásico. En su publicación Etnologiska Studier de 1972 se describe el equipo de un curandero indígena del siglo VI de la era cristiana, encontrado precisamente en Calliicho, Provincia Bautista Saavedra. Entre otras cosas, había tabletas de madera, un tubo de caña de bambú, un mortero de madera, cucharillas, jeringas y un cráneo al que le habían realizado tres trepanaciones intra vitam. Igualmente se hallaron pequeñas bolsas tejidas con bordados (chuspas) y material vegetal macerado, cuyo estudio determinó que se trataba de una especie de tabaco y hojas de guayusa, una planta utilizada como antiespasmódico.

La presencia de los kallawayas en la Corte de los Incas tiempo más tarde, se considera un hecho bastante probable. Posiblemente, debido al nivel de sus conocimientos, les llevaron a prestar sus servicios en Cuzco, la capital del incario. Al parecer, estaban capacitados para curar parálisis, ceguera, neumonía, heridas y dolencias mentales. Se sabe que preparaban medicamentos equivalentes a la terramicina y la penicilina, elaborados a base de barro y frutas fermentadas como el plátano. Utilizaban también la genciana y el árbol de quina del Perú para la fiebre, entre muchas otras plantas. Se supone que en la Corte tenían la función de asesorar a los sabios (amautas) sobre cuestiones de medicina, además de dedicarse a atender exclusivamente las enfermedades del Inca, de su familia y de la nobleza.(5) Garcilaso de la Vega en sus Comentarios Reales, incluso, habla de los grandes conocedores de las propiedades de las plantas que existían antes de la destrucción del imperio.

Los kallawallas, por otra parte, han sido tradicionalmente conocidos como médicos viajeros que se trasladan por regiones de varios países. En lengua aymara, la palabra alude a la expresión "irse de casa". En quechua, se refiere al "hombre que anda cargando hierbas medicinales". En el citado informe del Museo de Gotemburgo se hace especial énfasis en la cuidadosa manera de guardar las plantas maceradas que se encontraron. Esto permitió suponer que las preparaban para ser transportadas durante largas jornadas. Precisamente, parte de los territorios que hoy día están integrados en Bolivia, Argentina y Chile, durante el imperio inca recibían el nombre de Qollasuyu, cuyo significado es "tierra de la medicina".

Como consecuencia de la conquista española, probablemente los kallawayas que habitaban en Cuzco regresaron a refugiarse en sus comunidades originarias. Lo cierto es que su conocimiento logró sobrevivir durante la colonización. Guardaron celosamente los secretos de sus saberes y habilidades, transmitidos de forma oral sólo de padres a hijos utilizando una lengua propia llamada Machaj juyay o Machajjuya. Se cree que corresponde al lenguaje sagrado de los incas, no accesible al pueblo, el cual aprendieron en la Corte y asumieron como signo de identificación, incorporándolo a sus rituales curativos. Algunos estudios, por otra parte, le otorgan también cierto parentesco con la extinguida lengua Pukina, hablada por los antiguos pobladores de la región del Lago Titikaka, ancestros de los actuales Urus.

En el siglo XIX se estimó que ejercían su oficio unos 500 kallawayas famosos en toda la región. En el siglo XX, sin embargo, su número se había reducido a unos cincuenta. Como médicos itinerantes, se sabe que algunos estuvieron en Panamá en 1914, durante la construcción del Canal. Realizaron una travesía de 4 meses, llevando en sus chuspas hierbas y ungüentos para ayudar en la lucha contra la malaria que había causado miles de muertos entre los trabajadores de las obras.

El ajayu: la fuerza de la vida

La medicina kallawaya se sumerge en la visión andina del mundo. Desde su perspectiva, el ser humano es la unión de tres elementos vitales: el athun ajayu, fuerza divina que otorga las facultades de pensar, sentir y moverse; el juchui ajayu, cuerpo astral o anímico; y el cuerpo físico, donde se encuentran encarnados ambos ajayus. El ser andino, asimismo, además de sus relaciones sociales y con la naturaleza, vive cotidianamente en su prodigioso universo sobrenatural. El athun ajayu es inmortal, por eso los protectores espíritus de los antepasados, los Achachilas, moran permanentemente en las montañas, lagos y ríos, otorgando a estos lugares rango sagrado. Dada la complejidad de estas interrelaciones, cualquiera no puede ser kallawaya. Generalmente se recibe una señal, la marca de un rayo o la comunicación de los Achachilas a través de los sueños.

La enfermedad, entonces, aparece asociada a la pérdida de los ajayus. Si el athun ajayu sale del cuerpo, desaparece la fuerza de la vida. Puede suceder también que, durante el sueño, el juchui ajayu abandone igualmente el cuerpo. Si no regresa, su ausencia se manifestará con fiebre, malestar y dolores. Significa que el ser humano ha perdido su unidad, el equilibrio entre sus componentes vitales. Para restablecerlo y lograr el retorno del ajayu, el kallawaya acudirá por igual a los recursos de la naturaleza y al mundo de los espíritus, complementándolos. El conocimiento necesario es a la vez amplio, diverso y solidario.

"Para tener buena salud hay que darle de comer a la montaña"

La práctica médica de los kallawayas se fundamenta no sólo en sus nociones extraordinarias sobre botánica. Los rituales y ofrendas a la Pachamama (la Madre Tierra) y a los Achachilas, son imprescindibles. Un aprendiz comienza a observar las hierbas desde los 7 años de edad, hasta completar un período de 8 ó 10 años de estudio para llegar a distinguir al menos las características de unas 600 plantas. Debe aprender a reconocerlas, sus usos, el lugar donde crecen, la época de recolección y la manera de conservarlas. Algunos, no obstante, pueden alcanzar durante su vida un conocimiento mucho mayor. Es el caso de Hilarión Suxo, de Pampablanca, quien asegura conocer cerca de 5 mil especies medicinales y 3 mil venenosas o narcóticas.

Reconocen, sin embargo, sus límites; no atienden enfermedades hereditarias o terminales. Tienen probado éxito en el tratamiento de afecciones como la tuberculosis, reumatismos y diarreas. Tratan también problemas de hígado, riñones y corazón y un grupo de variadas dolencias que denominan "enfermedades del viento y de los relámpagos". Su conocimiento se ha transmitido usualmente de padres a hijos varones, dejando en manos de las mujeres la atención de los partos y problemas relacionados a la reproducción.

Los viajes, por otro lado, se planifican generalmente de acuerdo al calendario agrícola que comienza el 21 de junio. Realizan largos desplazamientos que pueden durar 3 ó 4 meses, prestando sus servicios a comunidades lejanas donde la asistencia médica es prácticamente inexistente. Estos traslados les permite también ampliar la recolección de plantas y juegan un papel importante en el entrenamiento del aprendiz. Viajan juntos andando, en burro o en llama hasta regiones de Perú, Ecuador, Norte de Chile o Argentina. Un viaje de ida y vuelta a Cuzco, por ejemplo, puede durar 45 días. Llevan sus hierbas, medicamentos y objetos rituales. En ocasiones reciben dinero por su labor, aunque pueden realizar sus actividades a cambio de hospedaje y comida como sucedía en épocas remotas.

La hoja de coca es una de las plantas de mayor uso entre los kallawayas, a la que otorgan condición sagrada por sus propiedades nutritivas y espirituales. También es común la utilización de otras especies vegetales que crecen a 3.800 metros de altura, como la wachanka y el llalli wangu (espina colorada). Igualmente disponen de variedades propias de otras regiones, como la sawila (aloe), andrés walla (parkii) y el árbol de copaiba. De su farmacia forman parte asimismo ciertos minerales y sustancias animales deshidratadas.

Su práctica médica, no obstante, resulta incompleta sin los rituales (challar). Además de las ofrendas a la Pachamama y a los antepasados, el kallawaya prepara mesas ceremoniales. Prefiere hacer sus trabajos de curación (simbólica, en lenguaje de los antropólogos) los días lunes, miércoles y jueves; sobre todo durante el mes de agosto cuando el cielo y la tierra permiten una mayor comunicación con los espíritus. Suele acompañar la música, interpretada por grupos llamados kantus. Se pide consejo a los Achachilas sobre el origen de la enfermedad y la manera adecuada de tratar al paciente. Se utiliza, por supuesto, el antiguo lenguaje secreto.

Las mesas rituales son de tres categorías: blancas, grises y negras. La blanca es la que permite resolver los problemas de salud; las grises purifican el ajayu y las negras son para devolver las desgracias a quien las ha causado. Las ofrendas, que tienen lugar sobre todo en las montañas y los cerros, pueden incluir alimentos, animales, algodón, vino dulce y claveles que representan deseos. Doce hojas de coca, además, sirven de instrumento para leer el futuro y consultar sobre el paciente. A cambio de salud y bienestar, la naturaleza y los espíritus son así recompensados.

Patrimonio de la humanidad

La existencia de las diferentes culturas indígenas de América Latina y de Los Andes en particular, está seriamente amenazada por un conjunto de factores económicos y políticos adversos. Enfrentan la exclusión, la pobreza, el asesinato, la militarización de sus territorios y la destrucción de los ecosistemas indispensables para su subsistencia. Los enemigos son internos y externos.

En este contexto, claro está, el patrimonio de los kallawayas no está a salvo. Las normas que rigen la economía internacional constituyen, sin duda, una de las principales amenazas. Los tratados de libre comercio con los Estados Unidos como el ALCA o sus versiones reformadas, pretenden obligar a los países miembros a conceder patentes no sólo sobre especies vegetales y animales, también incluyen procedimientos diagnósticos, terapéuticos y quirúrgicos. Se trata de invalidar el carácter comunitario de los conocimientos, permitiendo a las transnacionales biotecnológicas y farmacéuticas la apropiación privada de la sabiduría de los pueblos y la biodiversidad. Han calculado, a saber, en más de 40 mil millones de dólares al año el valor de mercado de las plantas medicinales utilizadas por las diversas comunidades indígenas.

No obstante, la oposición creativa y organizada a estos intereses está presente de variadas maneras. En algunas localidades de Bautista Saavedra como Curva y Chajaya, por ejemplo, los kallawayas están instalando centros con el objeto de mantener herbolarios e incluso un laboratorio para el estudio de las plantas. Igualmente se dictan talleres como el que dirige Hilarión Suxo, con el fin de adiestrar a mujeres y jóvenes en la elaboración de los medicamentos tradicionales. Su mundo, además, cuenta ahora con el reconocimiento internacional. La Asamblea General de la UNESCO, celebrada en París en 2003, le otorgó la denominación "Obra maestra del patrimonio oral e intangible de la humanidad". Una distinción que se concede a aquellas expresiones culturales consideradas especialmente vulnerables.

En noviembre de 2003, asimismo, un líder kallawaya, Carlos Eduardo Medina, por primera vez en la historia de Bolivia tuvo la oportunidad de expresar ante el mundo las diferentes posiciones de los pueblos indígenas, incluyendo el rotundo rechazo a los acuerdos de libre comercio. Sucedió en la XIII Cumbre Iberoamericana de Jefes de Estado, celebrada en Santa Cruz de la Sierra poco después del levantamiento social que terminó con la renuncia de Sánchez de Losada. Su discurso comenzaba así: "Señores Presidentes, Su Majestad Rey Juan Carlos de España, Autoridades. He aquí nosotros. Quién lo diría. Muchas cosas tuvieron que suceder en esta tierra en los últimos siglos y muchas otras más en los últimos días, para que estemos aquí, en este lugar que sabíamos, creíamos, que nos sería negado. Todos sabemos lo que hablamos, pero nosotros, bolivianos, bolivianas, más que todos...". El espíritu de resistencia, sin duda, también habita en las montañas junto a los Achachilas.

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